Viernes, 17 de Noviembre de 2017 Actualizado: 23:48 h.
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Tahúres del frenopático democrático

Títeres carnaval de Madrid
Títeres carnaval de Madrid

Juán Ramón Rodríguez Martínez

Si hay algún principio axiomático en el que poder confiar hoy en día, es que la Historia se repite una y otra vez. Si hablamos de España, esta adquiere un tono ocre demasiado característico, por suerte o desgracia. A gusto del lector. No dejan de ser noticia los descalabros del ayuntamiento de Madrid. Las distintas polémicas se le acumulan a la alcaldesa de moda, Manuela Carmena. Tras la retirada con nocturnidad y alevosía de vestigios del pasado afincados en la capital, la anarquista barraca de Carnaval ha supuesto la destitución de un miembro de este amago de Camarote Marxiano.

 

Por un lado una placa en homenaje a Enrique de la Mata Gorostizaga, presidente de Cruz Roja entre otros menesteres. Por otro, un recordatorio en homenaje a ocho frailes carmelitas fusilados durante la Guerra Civil situado en el Cementerio de Carabanchel Bajo. No es inverosímil la consecuencia de esta acción. Ante la polémica desatada por la decisión, se sucede la reculada en lo que a la decisión de la Concejalía de Cultura atañe. Estas decisiones, como manda la costumbre, han estado amparadas bajo la Ley 52/2007. Más conocida popularmente como la Ley para la Memoria Histórica.

 

Sus arbitrarias y erróneas interpretaciones, así como el consiguiente apoyo de los subalternos afines a esta apreciación, son el quid de esta cuestión. El fin de esta ley, tal y como afirma su escrito en el Boletín Oficial del Estado, es “reconocer y ampliar derechos, así como el establecimiento de medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura.” Sin embargo, un uso incorrecto puede devenir en un acto de revanchismo con el fin de resarcirse de errores pasados. El caso de los Carmenitas es uno de ellos, sin lugar a duda.

 

Según el artículo 15.1 de esta Ley 52/2007, “Las Administraciones públicas, en el ejercicio de sus competencias, tomarán las medidas oportunas para la retirada de escudos, insignias, placas y otros objetos o menciones conmemorativas de exaltación, personal o colectiva, de la sublevación militar, de la Guerra Civil y de la represión de la Dictadura. Entre estas medidas podrá incluirse la retirada de subvenciones o ayudas públicas.”

 

Puede, y debe, enlazarse con el 15.2, el cual estipula “Lo previsto en el apartado anterior no será de aplicación cuando las menciones sean de estricto recuerdo privado, sin exaltación de los enfrentados, o cuando concurran razones artísticas, arquitectónicas o artístico-religiosas protegidas por la ley”

 

De este modo, ley en mano, se nos presentan los preceptos a tener en cuenta para la correcta retirada de un símbolo histórico. En manos del lector queda determinar si sendas placas para el recuerdo de ocho frailes ejecutados o del señor De la Mata, respectivamente, se ciñen a estas disposiciones.

 

Por supuesto, ahora es el turno de las explicaciones por parte del Consistorio. No se le escuchará admitir que este acto se ha tratado de una pataleta histórica e histérica. El ayuntamiento de Madrid se ha convertido en el catalizador de las peligrosas ideas de un conjunto de ciudadanos alimentados por un odio irracional. A través de sus cargos, combaten día tras día su propia Guerra Civil, en un extraño ejercicio de honra a nadie-sabe-qué.

 

Las reacciones a todos estos acontecimientos pueden verse en todos los aspectos. En las redes o en las tertulias de bar y plató televisivo. Para unos, se trata de un claro ejercicio de justicia frente a las víctimas de la Guerra. Para otros, una excusa para abrir heridas del pasado y confrontar a los españoles. Resulta algo cuanto menos luctuoso que estas heridas sigan supurando tras más de setenta años. La viva imagen de ese duelo a garrotazos plasmado en el lienzo de Goya.  

 

Dejar en manos de tahúres el gobierno de los ciudadanos es el síntoma de que este país está bastante lejos de levantar cabeza. Anteponer al bienestar de los ciudadanos y la correcta e imparcial administración de la vida política deseos de revancha por el pasado, en teoría olvidado, es la más clara muestra de ello.