Lunes, 20 de Noviembre de 2017 Actualizado: 01:22 h.
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La Mujer en el siglo xxi

J.P.V. 

A propósito  del Día Mundial de la Mujer, es un buen momento para repasar la situación de La Mujer en este siglo xxi que acaba de empezar. Tradicionalmente, ser mujer en la mayor parte del planeta ha sido y es sinónimo de lucha, de vivir en sumisión, de desigualdad, de dificultad para el acceso a la educación. Pero no en todas partes es igual.

 

Hoy, en pleno siglo xxi existen desigualdades abismales entre la mujer según el continente donde le haya tocado nacer. Dentro de Europa y América del Norte, por ejemplo, la mujer tiene muchas más posibilidades de educarse y desarrollarse en un ambiente de igualdad. Mucho tuvo que ver que ya desde el siglo xviii se iniciaran los primeros movimientos sufragistas que culminaron a mediados del siglo xix con la declaración de las Naciones Unidas del derecho al voto por parte de la mujer. Ayudó también, paradójico, la I y II Guerra Mundial, donde la mujer se incorporó masivamente al trabajo en la Industria para el esfuerzo de guerra ante la escasez de mano de obra masculina, motivada por su incorporación a ambos conflictos.

 

No así en América Central y del Sur, donde a excepción de los grandes núcleos urbanos (y no siempre), la mujer vive en un ambiente marcado por la desigualdad social. Generalmente en el mundo rural es donde la mujer siempre ha encontrado las mayores dificultades para su desarrollo.

 

En la sociedad africana pervive la costumbre ancestral de que la mujer es el eje central de la casa, es decir, todas las labores, suaves o duras, así como el cuidado de las numerosas proles corresponde a la mujer. En la mayor parte de estos núcleos poblacionales el hombre suele ser un elemento decorativo del paisaje.

 

En las sociedades asiática y africana, en una parte muy extendida de ellas, la mujer subsiste en condiciones de cuasiesclavitud (cuando no de esclavitud propiamente dicha). Sometida a toda clase de injusticias y brutalidades, códigos arcaicos se encargan de hacer pervivir costumbres ancestrales de dominio y sometimiento de la mujer. Esta es tratada como ganado o simple mercancía. Su acceso a la educación es limitado cuando no inexistente, su rol en muchas sociedades se reduce a vivir sometida a los designios del hombre. Su única misión es la procreación sin descanso y el ocultamiento ante los demás, es decir, el anonimato.

 

Un soplo de aire fresco para estas sociedades, ha sido la concesión del Premio Nobel de la Paz en 2014 a Malala Yousafzai, una joven pakistaní que fue víctima de un atentado talibán del que se recuperó milagrosamente a pesar de recibir varios disparos en la cabeza y cuello. Su pecado fue no plegarse a la dictadura talibán del silencio y pedir la educación para la mujer desde sus primeros años de adolescente.

 

Afortunadamente, en la sociedad occidental los problemas que afronta la mujer son de otra índole, afortunadamente menos graves, pero igualmente importantes para su desarrollo en condiciones de igualdad.

 

Las mujeres licenciadas en carreras tradicionales, por ejemplo abogacía, son en torno al 50 por 100. Luego los porcentajes de la mujer que llega a puestos directivos descienden en torno al 20 por 100. Además, pone de manifiesto los problemas de las empresas para retener el talento femenino una vez que tienen hijos.

 

El patrón de comportamiento femenino es similar en la mayoría de las empresas. Las mujeres hacen carrera en igualdad de condiciones hasta sobrepasar los 30 años, la edad en que se empieza a tener hijos. Una vez que esto sucede, la dedicación que conlleva el cuidado de éstos por las dificultades que encuentran para la conciliación, hacen que se produzca un abandono notable en las carreras profesionales de la mujer.

 

Luego está un asunto difícil de cuantificar, referente a la promoción profesional de la mujer. Esta, en sociedades como la española, se encuentra en desigualdad de oportunidades respecto del hombre. Mientras el hombre prolonga sus horarios laborales más allá de lo aconsejable, la mujer vive en la mayoría de los casos con su trabajo profesional más el trabajo familiar, con la consiguiente pérdida de oportunidades laborales con respecto al hombre.

 

No obstante, cabe ser optimista, y se tiene constancia que los movimientos reivindicativos de los derechos de la mujer tienen cada vez una presencia más constante en nuestra sociedad.